Los Reyes Magos
De una ilusión infantil a una sociedad con más oportunidades
Una pregunta que nació en la infancia.
Si alguna vez me preguntaran qué recuerdo de mi niñez influyó en mi manera de pensar sobre la desigualdad, quizá respondería que todo comenzó con una carta a los Santos Reyes Magos.
En los años setenta, en la colonia Guanajuato, en Salamanca, Guanajuato, la llegada de los Reyes Magos era una ilusión que muchos niños esperábamos durante todo el año. Pensábamos qué regalos pediríamos y cómo sería la mañana del 6 de enero. En mi imaginación, aquella visita podía llegar a cualquier casa y llevar alegría a todos los niños.
Yo tenía alrededor de cinco años, quizá ya había cumplido seis, cuando le pedía a mi abuelo que me ayudara a escribir la carta. Él me decía que fuéramos a la tienda de la esquina, con don Rufino, a comprar papel, un lápiz y un sobre. Yo cumplía el encargo con entusiasmo y, al regresar, empezaba a dictarle una larga lista: una bicicleta, un balón, unas porterías, zapatos, un uniforme y todo lo que imaginaba necesario para jugar fútbol o salir a pasear.
Mi abuelo me explicaba que la carta debía empezar con un saludo y que había que decir que me había portado bien durante el año. Yo no siempre estaba seguro de haberme portado tan bien, pero quería que él escribiera esas palabras porque deseaba recibir mis regalos. También me decía que los Reyes se daban cuenta de cómo se comportaban los niños, si obedecían a sus padres y a sus abuelos y si hacían las cosas correctamente.
Sin embargo, cuando llegaba la mañana, a veces encontraba poco de lo que había pedido y otras veces no encontraba lo que esperaba. Con el tiempo comprendí que aquello no dependía solamente de cómo se había portado cada niño. También dependía de las posibilidades económicas de cada familia. En un mismo barrio, algunas familias podían ofrecer más y otras hacían un esfuerzo para que sus hijos recibieran algo.
De niño no sabía explicar esa diferencia. Solo sentía la distancia entre lo que uno deseaba y lo que finalmente llegaba. Poco a poco apareció una pregunta que me ha acompañado desde entonces: ¿por qué las oportunidades no llegan de la misma manera para todos?
No escribo estas líneas para juzgar a ninguna familia por lo que pudo o no pudo dar. Las escribo porque aquella experiencia me hizo pensar en las circunstancias de los demás. La desigualdad no es una idea lejana cuando se vive desde la infancia: puede sentirse en una ilusión que no se cumple o en una oportunidad que no aparece.
Ese recuerdo forma parte de la motivación que me llevó a pensar en una sociedad con mejores oportunidades. Creo que debemos aprender a mirar más allá de nuestras propias necesidades y pensar también en nuestros hijos, padres, hermanos, amigos, vecinos y en la sociedad entera. Tal vez una pregunta sencilla de la infancia no cambie por sí sola las condiciones de un país, pero puede ser el principio de una inquietud que dure toda la vida.
Los Reyes Magos como imagen de solidaridad
En la imaginación de un niño, los Reyes Magos no solo traen objetos. También traen la sensación de que alguien se acordó de él. Su visita convierte una noche de enero en una esperanza compartida: millones de niñas y niños esperan, cada uno desde su casa, que la ilusión llegue hasta su puerta.
Yo pensaba en el tamaño de aquella tarea. ¿Cómo podrían recorrer tantos lugares en una sola noche? ¿Cuántos caminos tendrían que atravesar? ¿Cómo sabrían dónde vivía cada niño y qué había pedido? Desde mi mirada de entonces, era una misión enorme, casi imposible. Y mientras imaginaba ese recorrido, también pensaba en los animales que acompañaban a los Reyes. Me preocupaba que el caballo, el camello y el elefante tuvieran agua y alimento para continuar. Le pedía a mi abuelo que preparara alfalfa, cebada y pastura, como si el cuidado de esos animales dependiera un poco de nosotros.
Con los años comprendí que aquella preocupación infantil contenía algo más: para llevar alegría a otras personas, también hay que pensar en quienes hacen posible el recorrido. La generosidad no consiste solamente en entregar algo al final. Implica organizarse, cuidar y considerar las necesidades de todos los que participan.
En la historia de los Reyes Magos, cada casa forma parte de un recorrido común. En la imaginación de los niños, no importa si una casa está en una ciudad grande o en una colonia sencilla: cada hogar tiene un lugar en el mapa de esa noche. Por eso, la visita puede entenderse como una imagen de solidaridad, como el deseo de que ningún niño quede olvidado y de que la esperanza llegue a todas las familias.
La realidad, sin embargo, no siempre cumplía esa ilusión de la misma manera. Algunos niños recibían varios regalos; otros recibían uno, algo más sencillo o quizá nada de lo que habían pedido. Eso no significaba que unos merecieran más cariño que otros. Las familias tenían distintas posibilidades y hacían lo que podían con los recursos disponibles. Esa diferencia, que de niño apenas alcanzaba a comprender, me llevó a preguntarme por qué las oportunidades dependían tanto de las condiciones de cada hogar.
La beneficencia y la ayuda entre las personas son valiosas. Pueden aliviar una necesidad y llevar alegría en un momento difícil. Pero una sociedad más justa no puede depender solamente de un gesto ocasional o de una noche especial. La solidaridad también debe expresarse en oportunidades que acompañen a las personas durante todo el año: educación, empleo, ingresos dignos y servicios que ayuden a las familias a construir una vida mejor.
Quizá esa sea una de las enseñanzas humanas que podemos encontrar en la imagen de los Reyes Magos. La ilusión puede comenzar en la infancia, pero la solidaridad debe continuar en la vida adulta. Si queremos que el bienestar llegue a más personas, tenemos que aprender a mirar a quienes suelen quedar al final del recorrido.
De la ilusión a una propuesta para crecer
Al recordar aquella carta, entiendo que mi inquietud no se limitaba a los regalos. En el fondo, yo quería saber por qué algunas familias podían ofrecer más y otras menos, y por qué las diferencias entre los hogares también podían convertirse en diferencias de oportunidades para los niños.
Con el paso del tiempo, esa pregunta se transformó en una reflexión sobre el país. México está lleno de personas que trabajan, producen, venden, transportan, siembran, cocinan y ofrecen servicios todos los días. Mucha de esa actividad sostiene a las familias y mueve la economía de las comunidades. Sin embargo, no siempre se cuenta con información suficiente para comprender esos esfuerzos, facilitar trámites, abrir acceso a servicios o diseñar apoyos que respondan a las necesidades reales.
De esa inquietud nace el Proyecto Fiscal 2027 México y la propuesta SATCEM. La idea es explorar cómo una mayor conexión entre las operaciones económicas, los contribuyentes, las instituciones financieras y el gobierno podría ayudar a que la información circule con más oportunidad y que los recursos se administren con mayor claridad. Es una propuesta que requiere estudio, diálogo y revisión jurídica y técnica. Su propósito debe ser contribuir al crecimiento y al bienestar; no basta con incorporar tecnología si las personas no reciben beneficios concretos.
La experiencia de la infancia me recuerda que un sistema debe mirar a las personas que hay detrás de cada operación. Un trabajador, una pequeña tienda, un productor del campo o una familia no son solamente cifras. Son parte de una comunidad y de una economía que necesita oportunidades para crecer. Por eso, cualquier mecanismo debe explicarse con claridad, proteger la información personal y considerar las distintas condiciones de las personas, incluidas aquellas que tienen menos acceso a internet o a servicios financieros.
Tampoco podemos suponer que registrar una operación, por sí solo, resolverá la pobreza o garantizará un trato igualitario. La información puede ayudar a entender mejor la actividad económica y a tomar decisiones; para que eso se convierta en bienestar, también hacen falta reglas justas, instituciones responsables, inversión productiva y programas que lleguen a quienes los necesitan. El objetivo es que el desarrollo no se mida únicamente por el dinero que circula, sino también por las oportunidades que abre y por la vida que ayuda a mejorar.
Cuando era niño, imaginaba a los Reyes Magos recorriendo el mundo para que ningún hogar quedara fuera. Hoy sé que esa imagen pertenece a la ilusión, pero su sentido humano permanece: pensar en quienes todavía esperan una oportunidad. Ya no corresponde a personajes mágicos recorrer ese camino. Nos corresponde a las personas y a las instituciones construirlo con responsabilidad.


